Del big data al big brother: la mano invisible de la vigilancia – bez

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Big Data Expo en Guiyang, China

`The library of the dead´, escrita por Glenn Cooper, narra la historia de un monasterio medieval que esconde un oscuro misterio. En este convento, los monjes acabarán por construir una monumental habitación en la que unos extraños albinos sin habilidades comunicativas escriben con una impecable caligrafía los nombres y las fechas de nacimiento y muerte de todos los habitantes que poblarán la tierra hasta el fin del mundo.

Los religiosos, para asegurar la reproducción de esta especie excepcional (capaz de registrar, como intermediarios de Dios, el nacimiento y óbito de todos los seres humanos), les entregarán periódicamente a jóvenes doncellas que serán fecundadas al instante para dar a luz a hombres con las mismas características y funciones.

Más que ficción

Esta novela sirve para ilustrar con cierta ironía que eso que ahora se conoce como big data es una realidad que se remonta, en el fondo, a mucho antes del desarrollo de la imprenta. Sin ir más lejos, una lectura sistemática de los libros del Antiguo Testamento podría dar lugar a una enorme base de datos sobre individuos, atributos, características y relaciones sociales establecidas entre estos a lo largo de la obra. Un auténtico sistema de nexos de parentesco, amistad y poder que determinados ordenadores podrían analizar para dar lugar a interesantes conclusiones sobre la ideología y los mensajes fundamentales de los libros sagrados. Si la revolución big data consiste en la oportunidad de descubrir patrones sociales implícitos en grandes cantidades de datos, la novedad reside ahora en que los soportes tecnológicos han hecho posible que dichos análisis puedan ser mucho más rápidos de los que antes se quedaban en meras intuiciones o hipótesis.

Un paso más

Pero, como se insiste repetidamente desde los medios y se puede confirmar en las ofertas de empleo especializado, esta revolución ha llegado para quedarse. La profesión del data scientist, capaz de diseñar y trabajar con algoritmos aplicados a los agregados de datos para producir conocimiento y facilitar la adopción de decisiones, está en alza. Las empresas punteras se disputan a los otrora grises licenciados en Matemáticas y a muchos ingenieros.¿Otra burbuja como el caso de las puntocom, nacidas al calor especulativo de la tercera revolución tecnológica? Nada de eso. Se trata, más bien, de un rasgo específico de esta sociedad de la información en la que las grandes empresas e instituciones han decidido aprovechar la ingente información procedente de sus usuarios para dar un paso más allá en la consecución de sus objetivos finales.

Algoritmos sobre ti

Si el lector utiliza frecuentemente lo que el periodista Ignacio Ramonet denomina en su nuevo libro El imperio de la vigilancia las tecnologías “GAFAM” (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft), habrá podido comprobar que sus programas y servicios nos conducen cada vez mejor por sus avenidas virtuales. En Facebook quizá quieras conocer a personas similares (con conexiones en común) a las que ya tienes entre tus amigos; en Amazon y tras leer el libro de Ramonet, quizá quieras adquirir también La globalisation de la surveillance, ensayo escrito por su maestro Armand Mattelart, y así sucesivamente… Tus búsquedas en Google cada vez obedecen más a los patrones de tus comportamientos anteriores: la máquina parece anticiparse a tus necesidades e inquietudes… Estos nuevos servicios y opciones se derivan de fórmulas y algoritmos matemáticos que obedecen a los principios de la publicidad en una sociedad capitalista: satisfacer las necesidades de los consumidores cuando no crearlas para que después puedan ser colmadas. Las nuevas tecnologías son fascinantes, pero la idea matriz data de los comienzos del siglo pasado: las grandes empresas persiguen escapar de los riesgos del libre mercado invirtiendo mucho dinero en campañas de comunicación para contribuir a generar y concebir al individuo que maximice sus cuentas de resultados.

Una mano invisible de la vigilancia

Es posible que la velocidad de estos avances no haya venido acompañada de una concienciación paralela por parte de la mayoría de sus beneficiarios. Son las tecnologías gratuitas las que han creado un complejo digital enormemente centralizado: no pagar un servicio no implica que este no nos suponga coste alguno. Lo que no se paga con dinero se hace con la intimidad y con la cesión de información que puede ser vital en algunas ocasiones. La sociedad de la distracción sobre la que advirtiera Aldous Huxley en Brave new world puede devenir en el universo orwelliano de1984 cuando las autopistas de la información se transitan sin peaje ni destreza suficiente. El capital, habiendo dejado ya exhaustas otras fuentes de riqueza, se aproxima a exprimir nuestros datos más personales para obtener una nueva plusvalía. El resultado es el de la mano invisible de la vigilancia: descartando que exista una organización centralizada para espiar y controlar a la población mundial, la mayoría de nuestros pensamientos, inquietudes, objeciones y movimientos van quedando registrados. Y resultaría muy extraño que nadie sacara partido político o económico de esta gran oportunidad.

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