Distribuido vs. centralizado – Enrique Dans

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Interesante artículo de Farhad Manjoo en New York Times titulado Clearing out the app stores: government censorship made easier, en el que expone los recientes casos de la retirada de la app de LinkedIn en Rusia y de la eliminación de la app del propio New York Times por parte del gobierno chino y los analiza como una tendencia peligrosa: la centralización de la web llevada a cabo por Apple y Google en torno a sus tiendas de aplicaciones ha provocado que ahora, los gobiernos puedan ejercer la censura y controlar el flujo de información en la web de una manera mucho más sencilla y directa.

Internet nació como red completamente distribuida, y con ese nivel de distribución planteado precisamente como su gran ventaja: la red podía seguir funcionando aunque partes de la misma no estuviesen operativas, porque el protocolo podía redirigir los paquetes a través de otras rutas hasta su destino.  Las tiendas de aplicaciones han jugado un papel fundamental en el ciclo de adopción y popularización de internet en la plataforma smartphone e indudablemente, ese factor ha resultado fundamental sobre todo en la expansión en países en vías de desarrollo, pero al tiempo, la deriva competitiva ha dado lugar a una concentración en un duopolio que resulta muy fácil de controlar.

Los intentos de controlar internet por parte de los gobiernos no son algo en absoluto novedoso: el gobierno chino lleva años entregado al desarrollo de férreos sistemas de control que combinan tecnología y control social, y Rusia no se queda, en ese sentido, demasiado atrás. Pero las medidas de control que en la web generan auténticos juegos del gato y el ratón y que, en realidad, resulta muy difícil consolidar de manera completa – un usuario suficientemente interesado y con las herramientas adecuadas siempre puede acceder a la información que desee – se convierten en mucho más sencillas cuando hablamos del ecosistema móvil, porque basta con presionar o requerir legalmente a Apple o a Google para que eliminen de la App Store o del Play Market la disponibilidad de la app que se desea controlar, para obtener una respuesta rápida y efectiva. Por supuesto, un usuario podría en último término intentar acceder a LinkedIn o al New York Times a través de la web, o hipotéticamente podría incluso descargarse e instalarse la app sin pasar por la tienda de aplicaciones, pero en más que posible que en el entorno smartphone estemos hablando ya de habilidades que, por lo general, escapan al usuario medio.

En muchos sentidos, la internet que conocimos y vimos crecer en la que no había prácticamente sitios únicos en los que ejercer control ha evolucionado para convertirse en un entorno en el que basta con estrangular un par de puntos, con presionar a una compañía o con bloquear un recurso para lograr el objetivo de eliminar su disponibilidad para la mayoría de los usuarios de un país. Para las compañías, obligadas a respetar la legislación de cada país y las decisiones legislativas de sus gobiernos, las decisiones no son necesariamente inapelables, pero en determinados entornos políticos, sí pueden generar riesgos importantes, desde represalias directas a directivos, hasta incluso la prohibición de acceder a la totalidad de la tienda de apps. Para una compañía como Apple en China o como Google en Rusia, inmersas en batallas competitivas importantes, la idea de dejar de estar disponible y, por tanto, de convertir los terminales de su sistema en prácticamente inservibles parece una posibilidad suficientemente aterradora como para motivar que no intenten apelar estas decisiones, y simplemente acepten los bloqueos como parte del coste de hacer negocios en ese país. En el fondo, es tan sencillo como aceptar que aún quedan muchos gobiernos que consideran que tienen el deber, la obligación o la posibilidad de controlar la información, los productos o los servicios a los que sus ciudadanos pueden tener acceso, por mucho que, teóricamente al menos, vivamos en una era de la información y esta no entienda de fronteras físicas.

Volver a leer los dos libros que en su momento tuve la oportunidad de prologar en sus ediciones españolas, “No sin nuestro consentimiento” y “Cypherpunks” puede ayudar a entender muchos de los elementos de esta dinámica. En muchos sentidos, la centralización progresiva de la web se ha convertido en un coste de su popularización y crecimiento. Es importante entenderlo y, sobre todo, es importante entender lo que hemos perdido y lo que podríamos llegar a perder si la tendencia continuase.

 

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