La educación y el trabajo ya no tienen por qué ir de la mano – PabloYglesias

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Inteligencia Artificial

Corrían los primeros meses del nuevo siglo, y por las oficinas de la sede central de Goldamn Sachs, una corredora de banco de inversores localizada en Nueva York, pululaban alrededor de 600 trabajadores.

A día de hoy (EN), y según su próximo director financiero, Marty Chavez, solo tienen 200 ingenieros informáticos. El trabajo de cada tres corredores ha sido sustituido por el de un técnico, y cuando acabe la reestructuración que tienen prevista, será el de cuatro. El propio Marty, de hecho, acabará por liderar a la compañía proveniente de la dirección tecnológica, no de la fiscal.

Repito: quienes controlan el devenir de Goldamn Sachs ya no son economistas, sino ingenieros.

¿La razón? Los campos financieros, antaño del dominio humano, son cada vez gestionados más eficazmente por una máquina. El 45% de las transacciones actuales ya se ejecutan electrónicamente, y conforme más aumenta este porcentaje, menos puestos de trabajo se demandan.

Esto tiene un impacto directo en el beneficio que obtiene la compañía y/o los trabajadores.  Si la media de salario de esta industria se sitúa alrededor de los 470.000 euros anuales, creo que queda claro que conforme menos puestos humanos deben cubrirse menos hay que dividir los beneficios, incrementando los honorarios de los que aún trabajan por allí.

Y tiene además otra lectura que me parece crítica: La revolución tecnológica no solo está “destruyendo” trabajos considerados monótonos, rutinarios o de menor nivel, sino también puestos de dirección cuyas operaciones, a priori, parecían estar fuera de los límites a los que una máquina podría llegar.

La toma de decisión humana sigue siendo una pieza fundamental de la industria, pero bajo escenarios muy acotados, como puede ser el financiero, la inteligencia artificial cada vez está más cerca ya no solo de emular al hombre en sus deducciones sino, en base a la definición y el tratamiento de miles de variables, ser capaz de predecir resultados y adelantarse a ellos de una manera mucho más eficiente.

La complejidad de una red de causa-efecto en bolsa se debe únicamente a la limitación humana que nos hace ser incapaces de tener en cuenta tantísimas variables. En el momento en el que esa limitación desaparece, es “solo” cuestión de tiempo que una máquina capaz de identificarlas y de incluirlas en una ecuación que está sin descanso optimizándose, acabe por dar mejores resultados.

La obsolescencia del puesto laboral

Es aquí donde surge entonces el problema.

Durante los últimos milenios hemos tejido una sociedad basada, precisamente, en el papel que el individuo juega dentro del colectivo. Dedicamos toda la juventud a prepararnos ya no solo para vivir en sociedad, sino para cumplir unos objetivos dentro de ella que van más allá de la propia supervivencia de la especie.

En otras palabras, vivimos para aprender un oficio que realizaremos la mayor parte de nuestra vida. 

En la mayoría de sociedades de nuestros días ha acabado por triunfar un sistema económico capitalista, que de nuevo, basa su fortaleza (y su principal debilidad) en que esos engranajes educativos que construimos en nuestra juventud sirvan para actualizar los engranajes que mantienen al sistema en funcionamiento.

En otras palabras, aprendemos un oficio que nos dará el dinero suficiente como para disfrutar de los bienes que producimos con nuestro trabajo.

Pero, ¿qué pasa cuando esa fase inicial (la de aprendizaje) no es tan óptima para el sistema como sí lo es el propio producto que se ha creado? ¿Cuál es el papel entonces de la educación, y si me apura, del individuo, en un sistema basado en el esfuerzo-beneficio que ya no se cumple?

Encontrar la solución a este dilema bajo el aro del sistema que nos ha amamantado estas últimas décadas es muy, muy difícil. Sencilla y llanamente no estamos preparados para afrontar un escenario en el cual no existe trabajo para todos. Y no solo porque el propio sistema requiere que la sociedad trabaje para estar dentro de él, sino porque nosotros mismos hemos sido educados para entender nuestra vida como aquello que realizamos para el colectivo.

Bajo este escenario, no obstante, sí creo que hay algunos elementos que podrían ayudarnos a realizar ese ejercicio de re-definición tan necesario en nuestros días como en años venideros:

  • Pese a los ciclos de reinvención que demanda la tecnología, el proceso será lento: Y lo será porque por mucho que nos guste a algunos vivir fuera de nuestra zona de confort, estamos programados biológicamente para asumir los menos riesgos posibles. Habrá cada vez menos trabajo, pero seguirá habiéndolo, y ni usted, ni un servidor, ni nuestros hijos ni nuestros nietos se encontrarán de pronto en un entorno gestionado únicamente por máquinas. El papel de las IAs de las próximas décadas será el de cumplimentar el trabajo humano, a veces bajo la batuta de éste, y otras veces justo al contrario. Pero nos guste o no nos tocará cohabitar en un escenario híbrido que, per sé, tendrá que adaptarse a los ciclos de reinvención humana en sectores tan antagónicos como el social, el legislativo, el educativo o el económico.
  • El sistema educativo seguirá estando vigente: Aunque su objetivo no será preparar al alumno para realizar una labor específica dentro de la sociedad, sino dotarlo de las suficientes aptitudes como para que pueda enfrentarse a un escenario de profundo y constante cambio. Creo que es absurdo que las universidades intenten competir con Internet a la hora de actualizar sus currículos. Solamente con hacer una búsqueda rápida en un buscador especializado como Tumaster (ES), veo que me devuelve alrededor de 6.000 títulos, y prácticamente la mitad se basan ya única y exclusivamente en plataformas de elearning. Sin embargo, es su deber encontrar aquellos elementos mínimos que permitan a ese futuro trabajador ser un miembro productivo de la sociedad, aunque sea auxiliando el trabajo de una máquina. Para colmo, y aunque en nuestro sector ya hace tiempo que esto se cumple, debemos olvidarnos de eso de estudiar una profesión y no volver a necesitar actualizarnos. Quizás no solo exclusivamente bajo las numerosas especializaciones que el sistema educativo actual ha creado para ello (postgrados, másteres, títulos propios…) y sí bajo una colaboración más directa entre las empresas y estos nuevos recursos educativos.
  • La legislación deberá encontrar un equilibrio entre control y permisividad: Un equilibrio que permita a la sociedad beneficiarse de los avances tecnológicos sin que ello suponga a la vez un lastre. Y esto pasa por intentar, en la medida de lo posible, no “sobrelegislar” cuando existe ya una legislación anterior que podría aplicarse en el nuevo entorno, y ofrecer las suficientes garantías como para que este trayecto hacía esa sociedad de la abundancia sea adecuado tanto para las empresas/trabajadores como para los usuarios/clientes.

Lo sé, no va a ser un camino sencillo. Pero es algo que es necesario hacer. Un trámite que llevará décadas y se saldará, lamentablemente, con millones de damnificados. Pero la foto final debería dibujar un entorno muchísimo más interesante para la vida en colectivo. Seguramente bajo otro sistema económico que a día de hoy, y sobre todo debido al ostracismo de nuestras limitaciones humanas, se nos escapa.

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