La falacia del riesgo al anonimato en la red – PabloYglesias

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Decisiones como la del gobierno de EEUU, considerando el historial de actualizaciones en redes sociales como un elemento más a la hora de aceptar o negar el acceso a su país (EN), o el desarrollo de sistemas como el de Afiniti (EN), dirigido a emponderar el conocimiento que tienen los teleoperadores a la hora de optimizar el trabajo en un call center, con el cruce de al menos 100 bases de datos que permiten “elegir a la persona idónea” para que hable con nosotros, adelantan un escenario del cual llevamos años alertando.

La sociabilidad digital de esta última década alimentará cada vez más sistemas cuyo cometido es, de una u otra forma, mejorar la segmentación del ciudadano. Y esto, a grandes rasgos, rema en contra de los intereses individuales de cada uno de nosotros, principalmente porque no hemos sido conscientes de sus implicaciones hasta que ya es demasiado tarde (todo el contenido que durante años hemos ido generando en redes sociales), y porque dichas herramientas no permiten gestionar de forma cómoda estos historiales (póngase ahora a buscar un tweet que escribió hace tres años y ya me cuenta :)).

Esto intensifica movimientos absurdos como el de la persecución de personajes públicos por declaraciones que en su día hicieron en una cuenta personal, y situaciones tan complejas como la negación de una hipoteca y/o el aumento de las tasas de un seguro de vida debido al criterio dictatorial de un algoritmo en base a nuestra presencia digital.

Por supuesto, todo conflicto es en esencia una oportunidad, y aquellos que hayan sabido aprovechar los beneficios de la sociabilidad digital adaptando su discurso en redes sociales a un perfil profesional o una marca personal adecuada, tienen en su mano la capacidad de “hackear” dicho entorno. Y eso se traduce en una exposición algorítmica más alineada con sus necesidades presentes y futuras. Un perfil con mayor sinergia en la mayoría de sistemas de toma de decisión que, con cada vez más intensidad, utilizan nuestra presencia digital como una variable más a considerar.

Hay por tanto un interés económico en que esto funcione de esta manera. Pero recalco que no hay estudio que demuestre que un escenario semejante sea más halagüeño para la sociedad que otro basado en el anonimato.

Y aquí viene el problema, habida cuenta de que de tanto repetirlo, se ha dotado a este hecho de una suerte de teoría contrastada en la que se asienta buena parte del diseño y desarrollo de interfaces de estas últimas décadas.

Todo basado en una falacia, como veremos a continuación.

La tergiversación de los estudios sociales de Sara Kiesler

Leía este fin de semana un artículo publicado en CoralProject (EN) que apuntaba precisamente hacia estos derroteros.

Si nos vamos atrás en el tiempo, todo este escenario de sociabilidad digital viene dado por el miedo que en los años 80 tuvieron buena parte de los negocios a la hora de implantar sistemas informáticos en sus oficinas. La cuestión es que por primera vez en la historia pasábamos de una comunicación directa (entre emisor y receptor/es) a una digital, disociando con ello identidad y contenido. Lo cual (se presumía) podría causar conflictos e ineficiencia, al reemplazar la comunicación formal por otra informal no asociada a su fuente (trabajadores mandando emails en nombre de la compañía, informes mal documentados cuyo creador, anónimo a todos los efectos, era difícil señalar…).

Sara Kiesler, junto a un grupo de psicólogos sociales, publicaron varios experimentos (EN/PDF) en base a la especulación de los efectos de la comunicación mediante ordenadores en grupos de trabajo, obteniendo resultados que con el paso del tiempo se han ido transformando en las máximas en contra del anonimato.

Básicamente, el equipo de Sara encontró que los chats se prestaban más a un lenguaje natural (ergo, en algunos casos, obsceno), y que los emails representaban un canal más lento que la comunicación formal (ergo, menos productivo). Por supuesto, hablamos de emails y chats de la época (principios de 1980), con la tecnología, conocimiento social de estas herramientas y conectividad del momento. Concluía con la sentencia de que la comunicación digital incluía menos información contextual, lo que podría (posibilidad, no afirmación) incrementar el conflicto y disputa con los empleados. Una posibilidad, pero ninguna evidencia de diferencias entre aquellos que se habían comunicado de forma anónima y aquellos que lo habían hecho bajo un nombre propio.

Por supuesto, este tipo de estudios sirvieron para dotar de credibilidad pseudo-científica a las aspiraciones de control de los trabajadores en las compañías. Una mentira repetida continuamente acaba por tomarse como verdad, llegando a la conclusión de que:

  • Los problemas sociales pueden ser atribuidos al diseño de sistemas informáticos.
  • El anonimato tiene la culpa.

Y sin embargo…

Plataformas como Reddit o 4Chan, ejemplos de sistemas masivos donde el anonimato es pilar base de la experiencia de usuario, han demostrado que no existe distinción positiva o negativa entre uno y otro paradigma.

Cada uno ofrece una serie de ventajas y una serie de desventajas, pero en última instancia, el principal causante del éxito o fracaso de una comunidad digital (productividad, eficiencia, utilidad…) es la propia comunidad, no la digitalización:

  1. Los trolls y las conductas inadecuadas no se combaten con un sistema de identificación, sino que existen métodos que han demostrado ser más adecuados, como el de utilizar de forma inteligente los avisos y recomendaciones a la hora de publicar un contenido, y dotar a la comunidad de herramientas para denunciar de forma anónima estas situaciones.
  2. Sin olvidarnos que un escenario rico en información identificativa es potencialmente más peligroso que otro basado en el anonimato. Basta con que una de las compañías que suministra este servicio vea comprometida su seguridad (algo que lamentablemente pasa semana sí semana también) para que esa base de datos acabe siendo carne de cañón de la industria del cibercrimen. Basta que cualquiera de nosotros sea víctima de un engaño para exponer no solo la seguridad personal, sino también la de nuestros conocidos y familiares.
  3. Lo que hace, de hecho, que plataformas donde es obligatorio identificarse adolezcan de un mayor impacto de casos de discriminación (sea racial, cultural o sexual). Simplemente porque en la sociedad que se utiliza esa plataforma ya existen este tipo de sesgos nocivos (EN/PDF), que se extrapolan más fácilmente a un tercer entorno regido por normas de identificación que a otro donde todo usuario es a efectos prácticos anónimo. Nada que debiera sorprendernos. Entornos menos regulados como son las comunidades que se forman bajo el amparo de sistemas en pro de la privacidad como TOR o Freenet llevan años ofreciendo un canal seguro donde colectivos en riesgo de exclusión pueden comunicarse sin riesgo a sufrir algún tipo de discriminación por ello.
  4. Los sistemas basados en la identificación ofrecen, para colmo, una suerte de argumento de autoridad (EN/PDF) que de nuevo sesga las percepciones que cualquiera de nosotros tenemos en una conversación digital. No es lo mismo que un servidor, de anónimo, le explique cómo configurar adecuadamente su router, que lo haga bajo mi nombre, convenientemente enlazado a esta página, y con el subtítulo “Ejecutivo de tecnología y seguridad en SocialBrains”. El contenido es exactamente el mismo, pero gracias a que cuento con una presencia digital cuidada y conocida, se dotaría de más valor al segundo.

De ahí que sea fiel defensor de las estrategias de desinformación personal. De establecer una presencia digital adecuada, mostrando justo el lado que queremos mostrar, y obviando el resto.

Sobre esto último estoy preparando un proyecto que espero poder mostrarle en próximas semanas. Hasta entonces, hágame caso y empiece a pensar cómo quiere que un agente de aduanas gringo, su banco, la empresa que le ofrece el seguro de casa, su jefe, y en definitiva, el resto de personas y organizaciones que tiene a su alrededor, le vea. Y haga lo propio en redes sociales.

Le va literalmente la vida en ello.

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