La oficina me quedó chica

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Por: Marcel Villegas

pulsosocial.com

Más allá de las modas, los espacios de trabajo colaborativo, de los que ya tenemos varios ejemplos en Santiago y otras ciudades de Chile, como Valdivia, se han convertido en la mejor respuesta a las exigencias que impone el mundo laboral. La flexibilidad es no solo una demanda creciente en términos de horarios, sino también de los espacios físicos que utilizamos para nuestro desempeño diario. Hoy, más que nunca antes, nos desplazamos constantemente por la ciudad para visitar clientes y proyectos en terreno y reunirnos con nuestros aliados; organizamos charlas, talleres, nos integramos a equipos diversos y, ojalá, podamos destinar parte de ese tiempo a la creatividad, conversar y pasarlo bien. Sigue siendo trabajo, pero con una nueva forma de estimular la productividad y la generación e intercambio de ideas.

Estos ecosistemas promueven la creatividad, la inspiración, la innovación, el trabajo colaborativo y la conexión de empresas, instituciones y personas. Pero, además, ofrecen las comodidades en las que los cafés – incluyendo las grandes cadenas de franquicias – se quedaron cortos hace mucho. Porque, sí, queremos pasarlo bien también trabajando, con la posibilidad de conocer personas interesantes y, ojalá, generar nuevos negocios o conseguir más clientes y partners, pero con las condiciones básicas para que la tarea sea productiva. La masividad, el ruido y la falta de confidencialidad – además de los aspectos domésticos no cubiertos, como impresoras en línea, suficientes enchufes para cargar una batería o una red wi fii abierta con capacidad para soportar muchos usuarios – son los aspectos en que el clásico café convertido en punto de reunión ya no es la solución.

La comodidad que ofrecen los espacios de trabajo colaborativo es una respuesta concreta a una necesidad concreta y cada vez más presente en el mundo laboral: puedo arrendar oficinas por hora, invitar a mis clientes o simplemente explorar posibilidades de nuevos negocios, asistir a charlas y talleres temáticos y, de paso, acceder a buen café e instalaciones de calidad, sin invertir en arriendos costosos.

En mi experiencia en transformación de negocios y organizaciones, he podido constatar que los espacios de trabajo pueden contribuir o conspirar a la motivación de los integrantes del equipo. Un buen diseño, pensado especialmente en estimular la creatividad y el talento, puede ser un factor determinante para la productividad de una empresa y para generar un círculo virtuoso que permita a cada empleado sentirse parte de un colectivo que entrega mucho más que solo productos y/o servicios.

Dejamos atrás, hace décadas, el viejo cubículo, desterrando la lógica de que el trabajo constituía un espacio más bien íntimo, donde cada quien iba a lo suyo porque, igual que cada escritorio, la “pega” era un compartimento estanco, sin interacciones. Menos recientemente, también estamos diciendo adiós al teletrabajo como forma idónea para flexibilizar los tiempos. Sigue siendo útil a determinadas industrias, pero el foco del valor hoy día y a futuro está en poder mirarnos a la cara, interactuar entre personas e incluso con productos – como hizo realidad en su momento Ideo – compartir ideas y generar nuevos campos de acción con otras personas, donde el negocio se convierta, también, en un espacio para – a ratos – compartir el ocio.

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