Las paredes tienen oídos – Enrique Dans

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Una tendencia preocupante en los Estados Unidos que sin duda comenzaremos a ver en no mucho tiempo en otros países: la instalación de sistemas de grabación de audio en espacios públicos y medios de transporte colectivos como autobuses, trenes y metros en los que se busca capturar evidencias de actividades terroristas o delictivas.  La iniciativa supone una extensión de las ya habituales cámaras de vigilancia que tapizan casi de manera completa algunas ciudades, de manera que sean capaces de capturar mediante los dispositivos adecuados toda una dimensión adicional de la actividad de los ciudadanos: sus conversaciones.

El Senado del estado de Maryland, por ejemplo, acaba de legislar limitaciones a estos programas de grabación de conversaciones, que hasta el momento se estaban desarrollando de manera completamente indiscriminada como es el caso en otros estados. Tras la promulgación de la ley, las escuchas solo pueden ser llevadas a cabo en la zona próxima al conductor, cuando el conductor active el sistema ante un incidente, o por activación automática tras un frenazo brusco o un impacto, además de imponer límites a la posible difusión de las conversaciones recogidas. En este estado, las actividades de grabación venían desarrollándose desde el año 2012 sin ningún tipo de restricción, y en la actualidad, el 65% de los autobuses y el 82% de los vagones de metro poseían la infraestructura para llevarlas a cabo, aunque en muchos casos no estaba en uso.

La idea se asemeja enormemente a los escenarios distópicos recogidos en esa gran novela de George Orwell escrita en 1949 que cada día parece más premonitoria, 1984, en la que el protagonista, Winston Smith, solo contaba con un pequeño rincón en su casa que quedaba fuera del ángulo cubierto por las cámaras y en el que podía aspirar a que, si susurraba de manera muy tenue, no le captasen los micrófonos colocados estratégicamente por el estado. Unos micrófonos cuyo poder no solo está en la capacidad de grabar, sino también el que el ciudadano sepa que existen y no sea capaz de saber cuándo están o no están en uso, dando lugar a una sensación de vigilancia permanente y ubicua.

Las legislaciones restrictivas de este tipo de actividades de vigilancia o la cancelación completa de las mismas está teniendo lugar únicamente en aquellos estados en los que surge un activismo ciudadano o protestas reclamando su control. En aquellos estados donde no son controladas, las autoridades saben que cuentan con la posibilidad de reclamar, además de las ya habituales grabaciones de cámaras de seguridad, las grabaciones de audio de momentos concretos en los que un sospechoso pudiese estar utilizando el espacio público.

La próxima vez que subas a un medio de transporte público y vayas hablando con alguien, plantéate lo que podría ser que, del mismo modo que hemos ya pasado a considerar las cámaras de grabación de vídeo como una parte habitual del paisaje, comencemos a aceptar como normal que las paredes tengan oídos y nuestras conversaciones estén siendo grabadas de manera sistemática como parte de un programa que pretende incrementar nuestra seguridad. Simplemente plantéatelo, a ver cómo te sientes. ¿Pronto, en un vagón o autobús cercano?…

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