Ministerio de Ciencia: ¿Para qué?

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Por: Vivian Heyl

neurociencia

En las últimas semanas, desde diversos sectores se ha planteado un amplio debate acerca de la institucionalidad que Chile necesita en el ámbito científico-tecnológico, para avanzar al desarrollo económico y humano.

En el marco del III Congreso del Futuro (9-11 enero 2014), una instancia organizada desde el legislativo, numerosos participantes expresaron la necesidad de contar con instituciones modernas y eficientes, capaces de responder a los desafíos que el país está enfrentando en ciencia, tecnología, humanidades y ciudadanía. Al calor de esta iniciativa –que abre un diálogo imprescindible entre la ciencia y la política- el propio Presidente Piñera entregó su apoyo a la creación de un Ministerio de Educación Superior, Ciencia y Tecnología, una modalidad que cuenta con apoyos considerables en la comunidad científica y diversos sectores del país.

Pero más allá de las fórmulas políticas o administrativas que finalmente acaben imponiéndose en esta materia, es indudable que cualquier propuesta de fortalecimiento institucional debe considerar los objetivos estratégicos que deberá abordar el país, a la hora de contar con la ciencia, la tecnología y la innovación como pilares de su desempeño en la sociedad global.

Y en este sentido, las tareas están a la vista: Para alcanzar una inversión de un punto y medio del PIB en ciencia y tecnología, es el propio sistema de investigación, nuestras universidades y centros de investigación avanzados, las empresas e instituciones públicas, las que deben estar en condiciones de acoger en la próxima década, a un número de 10 a 15 mil doctores e investigadores de excelencia. La formación de estos profesionales, equivale a constituir una potente  vanguardia, destinada a encabezar los nuevos proyectos de investigación e innovación que Chile necesita para construir una economía y una sociedad basadas en el conocimiento.

Sin duda, un aspecto fundamental en esta labor es contar con una mayor participación del sector privado de manera de involucrar y comprometer sus aportes en la incorporación de conocimiento e innovación a sus productos y procesos.

Pero no se trata de “economizar” la ciencia que se hace en Chile. Nuestras universidades, que son las que realizan más del 80% de la investigación básica y aplicada en el país, deben asumir un papel de mayor protagonismo en la toma de decisiones que afectan el desarrollo de las diversas áreas del conocimiento. La propia sociedad civil y sus organizaciones están llamadas a expresar sus posiciones en un tema tan íntimamente ligado a la calidad de vida de los chilenos de hoy y de mañana.

El gobierno de la Nueva Mayoría –próximo a asumir- incluye en su programa un conjunto de acciones en el apoyo a la ciencia, tecnología e innovación del país. Es destacable entre ellas el impulso a la investigación en las universidades, como instrumento para un desarrollo sustentable e inclusivo. Sin duda, muchas de estas iniciativas representan una positiva continuidad con el primer gobierno de la Presidenta Bachelet, quien entregara un apoyo presupuestario e institucional sin precedentes para el desarrollo de nuestra ciencia y tecnología.

En definitiva, puede decirse que corren buenos vientos para el desarrollo científico-tecnológico y de la innovación en Chile. Y, en el plano institucional, junto con avanzar en su fortalecimiento, modernización y estructura organizacional más adecuada, es necesario reforzar los consensos alcanzados, en cuanto a la importancia crucial de este sector para la construcción de una sociedad más próspera, justa e inclusiva.

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