Pensar Internet – Antonio Martínez Velázquez, Mexico

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Internet ha trastocado radicalmente la manera en que nos relacionamos con el mundo y con los otros. En el camino, ¿ha estropeado las categorías políticas tradicionales? ¿Es posible, por ejemplo, pensar internet desde la izquierda? Para hacerlo es necesario recuperar valores del comunitarismo.

Es ya difícil entendernos sin estar conectados. La vida en línea se ha convertido poco a poco en nuestro punto de partida para informarnos, comprar, entretenernos, expresarnos y participar en los asuntos públicos. En torno a la red se han reorganizado un sinfín de ámbitos de la sociedad. Pensemos en las nulas barreras para publicar algo, en la facilidad para acceder a noticias en tiempo real y comentarlas, en la posibilidad de interactuar con representantes políticos o en la forma en que replanteamos nuestras transacciones económicas al carecer de intermediarios, como lo ilustran los casos de Uber y Airbnb. Internet ha transformado la vida del ser humano, desde actividades anodinas y cotidianas hasta nuestro entendimiento de lo colectivo, de lo público… del Estado. Internet ha hecho al Estado redundante aquí y omnipresente allá.

La aceleración social alrededor de las posibilidades tecnológicas ha supuesto también una nueva configuración del poder. ¿Hasta dónde debe intervenir el Estado en procesos individuales de personas conectadas? ¿Hasta dónde podemos prescindir del Estado para construir reglas, comunidades y cultura común?

Internet, o, mejor dicho, la idea de internet, modificó la relación de los individuos con el derecho a expresarse. En el Estado ha generado confusión y alarma sobre el alcance de su poder en un mundo hiperconectado. Nos encontramos en una era en que el individuo y la comunidad tienen más capacidad de comunicación que nunca y simultáneamente el Estado controla, como nunca, esa potestad.

La fuerza disruptiva de internet reside, sobre todo, en la facultad que nos da para vernos conectados y asociados al concentrar en un mismo espacio a quienes se encuentran excluidos permanentemente del aparato estatal: ya sea para narrar los abusos de las autoridades (desnudando globalmente a las élites) o para escapar de la intermediación editorial, dando espacio a sus historias.

Así, la red –que ha trascendido la dimensión tecnológica y ha configurado un modo de pensar que prioriza las redes, una forma estética que descansa en lo inmaterial y la idea política de la horizontalidad– ha sido en las últimas décadas la filosofía más disruptiva de la que tenga memoria el ser humano. El impacto de internet es profundo. Hoy la manera en que nos concebimos y miramos nuestro entorno ha sido trastocada por el mundo digital.

Como todo cambio fundamental, este ha venido acompañado de ciertas resistencias. No es difícil ver a intelectuales como Mario Vargas Llosa minimizar el poder de la red y evocar, con cierta añoranza, una nebulosa edad dorada. A partir de la última década del siglo XX se consolidaron dos escuelas de pensamiento sobre la red y el ser digitales: por un lado, los pesimistas, que juzgan el internet y las redes como herramientas que generan burbujas sociales, uniforman el saber e inciden determinantemente en la estupidez masiva (o viral, diríamos hoy); por el otro, los optimistas, que juzgan tales herramientas como componentes de una aldea global que alientan la diversidad de ideas y cuya consecuencia lógica, nunca mejor dicho, es la inteligencia colectiva.

La censura en la red, la neutralidad de internet, la vigilancia masiva en línea, el supuesto fin de la privacidad, los límites de la libertad de expresión en un espacio líquido y global y el rol de los particulares en el arbitraje de derechos fundamentales son problemáticas actuales que difícilmente pueden atenderse desde las categorías tradicionales. Defender para el desarrollo de internet la intervención estatal, por ejemplo, te convierte en un enemigo natural de la red; esto se debe a que entre sus valores se encuentra la autorregulación aderezada con una suerte de exacerbación libertaria; su ADN es profundamente de derechas: libre mercado y libertad individual.

Por otra parte, internet magnificó el poder de los poderosos y se convirtió en tierra fértil de los monopolios. En su libro Digital Disconnect: How Capitalism Is Turning Internet Against Democracy Robert McChesney formula un enérgico argumento contra los monopolios en la red. Entre otras cosas, señala que lo que sucede en la web está mediado por agentes económicos de tipo monopólico, cuyo dominio manipula la manera cómo nos comunicamos, las noticias que consumimos y la información que compartimos. Los procesos más democráticos que entraña internet se encuentran atrofiados por estos actores, que tienen un poder internacional y no están acotados domésticamente.

Una manera de ver y discutir internet desde la izquierda es recuperando valores del comunitarismo. Kevin Kelly, en The New Socialism: Global Collectivist Society Is Coming Online, propone verlo de la siguiente forma:

VIEJO SOCIALISMO

SOCIALISMO DIGITAL

Autoridad centralizada

Poder distribuido entre participantes ad hoc

Recursos limitados provistos por el Estado

Recursos ilimitados administrados por los participantes

Trabajo forzado en fábricas estatales

Trabajo grupal voluntario

Propiedad común

Bienes compartidos

Información controlada por el gobierno

Información en tiempo real controlada por los usuarios

Penas por criticar a los líderes

Opiniones apasionadas en los medios sociales

 

La disputa por “la libertad de internet” no es una que tenga lugar en la supuesta “aldea global”; se trata de una batalla librada localmente, territorializada. Actores y situaciones concretas son clave para esta guerra invisible. Sin embargo, parece que el concepto de “neutralidad de la red” (todos los datos deben ser tratados igualitariamente) se ha confundido con que internet debe ser neutral en sus consecuencias y por tanto han despolitizado todo a su alrededor.

Ni quienes defienden la intervención estatal a través del espionaje masivo –como si se tratase de una dicotomía insalvable: terminar con la privacidad para protegernos– ni quienes luchan para excluir del régimen de lo público a la red –argumentando que se trata de la utópica aldea global vacunada contra el veneno estatal– están dispuestos a discutir cómo pactar un nuevo contrato social cuyo centro de gravedad sea la realidad digital.

Se vuelve urgente una deliberación reflexionada y de alcance profundo para sortear con mejor suerte las nuevas incertidumbres y tensiones de la era digital.

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