Santa Privacidad, virgen y mártir – El Confidencial

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Foto: Santa Privacidad, virgen y mártir

La protección de datos no consiste en ocultar los datos personales, sino en proteger la libertad que tiene cada uno de los usuarios de hacer con ellos lo que quiera.

Protección y proteger provienen de “pro” + “tegere”, que significa: cubrir, ocultar. Del que deriva “tectum” (techo) y “tegula” (teja, tejado) y también los cultismos españoles: detector y detective, derivados del verbo “de” + ”tegere” (des-cubrir).

El 28 de enero se celebró el Día Internacional de la Privacidad de Datos, que algunos han rebautizado, con esa tradición tan nuestra del Santoral, como San Dato o Santa Privacidad. Y a lo de la Santa Privacidad (que suena a aquello otro de la Santa Paciencia), añado yo lo de virgen y mártir porque, además de ser unos atributos comunes en muchas santas, tiene que ver con el actual estado de la privacidad.

Por un lado, el concepto de privacidad ha evolucionado, como el de la virginidad, y la protección de datos no protege tanto la virginidad o la castidad de los datos (personales), sino la libertad de usarlos como sus titulares quieran.

Por otro lado, nunca la privacidad ha sido tan violentada, torturada y martirizada como ahora (por gobiernos, empresas y particulares) haciendo un mal uso de las posibilidades que ofrecen las tecnologías de la información y comunicación (TIC).

Por eso, la mejor forma que se me ocurre de celebrar el Día Internacional de la Privacidad de Datos y de honrar a nuestra Santa es hacer una actualización y defensa de sus virtudes, frente a los retos que tiene y los ataques que hoy recibe.

Derecho a la intimidad

No olvidemos que el derecho fundamental a la protección de datos (personales) deriva, en nuestro ordenamiento, del derecho al honor, a la intimidad personal y familiar, y a la propia imagen (reconocidos en el artículo 18 de la Constitución). Y el concepto de intimidad, personal y familiar, no coincide exactamente con el concepto de privacidad que hemos tomado prestado del mundo anglosajón y que traducimos, demasiado alegremente a veces, como sinónimo.

De la misma forma que hay una intimidad física, también hay una intimidad moral, en el sentido de incorporal

De la misma forma que hay una intimidad física (las partes íntimas), hay una intimidad moral, en el sentido de incorporal, que vendrían a ser esos datos de carácter personal, protegidos por el ordenamiento.

Pero, en realidad, no se protege tanto la intimidad (ni la física ni la incorporal), sino la libertad de que cada uno comparta su intimidad (la física y la incorporal) con quien quiera, o la reserve para sí, privando a los demás de ella.

Así como han evolucionado conceptos decimonónicos como el de la honestidad (los delitos contra la honestidad fueron sustituidos en el Código Penal por delitos contra la libertad sexual), así también ha evolucionado el concepto de privacidad.

Discreción frente a la transparencia

En la literatura de nuestro Siglo de Oro la virtud más alabada era la discreción, no sólo en el vestir, sino en todo el comportamiento, y el mayor elogio que podía hacerse era decir que alguien era una persona discreta. Hoy sin embargo, la virtud de moda es la transparencia en el comportamiento y, si me apuran, también en el vestir; como se puede apreciar en las pasarelas y alfombras rojas, que acaban traduciéndose en tendencias de moda.

Y con los datos en internet está pasando un poco como ocurrió en la transición con la época del destape. Tras muchos años de implacable censura, se produjo una simbólica explosión de libertad de expresión corporal.

Poco a poco ese exhibicionismo se fue normalizando, como pasa un sarampión, y al no haber ya prohibiciones obsesivas ni reacciones frente a las prohibiciones cada cual fue libre de elegir lo que quería hacer con su intimidad.

Ahora estamos viviendo, con la aparición de internet y de las redes sociales, una sobreexposición (por no decir exhibicionismo) de nuestra intimidad. Pero este sarampión pasará, se normalizará, y seremos más prudentes y discretos.

Protección o apertura de datos

La protección de datos no consiste en ocultarlos (la intimidad incorporal), como quien cubre un cuerpo desnudo con una tela, sino en proteger la libertad de cada uno de hacer con sus datos (como con su cuerpo), lo que uno quiera.

En ese sentido, sería absurdo, hoy en día, pensar en una Agencia Española de Protección de la Virginidad o de la Castidad. Lo que se protege es la libertad, tanto del que quiere ser casto, como del que prefiere ser promiscuo.

La protección de datos no consiste en ocultarlos, sino en proteger la libertad de cada uno de hacer con ellos lo que quiera

El único requisito es, por tanto, el consentimiento, la libre voluntad de hacer algo (o dejar que otros hagan algo), con tu intimidad (tanto la física como la incorporal); porque es eso lo que diferencia una relación sexual consentida de una violación.

Por tanto, el debate no se centra en la protección o la apertura de datos, sino en la protección de la libertad de decidir si quieres reservar o abrir tus datos, y que nadie los pueda captar o utilizar sin tu consentimiento (violar tu intimidad). Y para que ese consentimiento sea válido, ha de estar debidamente informado. Lo cual no tiene que ver tanto con las condiciones y términos de uso o los avisos que nadie lee, sino con la educación (como sucede también con la sexualidad).

El mayor reto que, a mi juicio, tiene hoy la protección de datos es educar en los valores de la privacidad, la intimidad y, sobre todo, la libertad de elegir (de modo informado y responsable) qué es lo que quiere hacer cada uno con sus datos.

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