Pensamiento crítico

Herramientas para el pensamiento crítico (XIV): Sesgo de distinción

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Hagamos un pequeño experimento para comprobar si tienes el sesgo de distinción. Elige entre estas dos opciones:

Opción 1: Recibirás una chocolatina si piensas en un momento de tu vida particularmente exitoso.

Opción 2: Recibirás tres chocolatinas si piensas en un momento de tu vida en el que experimentaste un fracaso personal.

¿Cuál escogerías?

Si eres como dos tercios de las personas, es probable que hayas elegido la segunda opción, como reveló un estudio realizado en la Universidad de Chicago. La mayoría de la gente está convencida de que es la mejor alternativa porque considera que tener más chocolates les hará más feliz.

Sin embargo, los investigadores comprobaron que quienes optaron por activar un recuerdo negativo para recibir más chocolate en realidad fueron significativamente más infelices que quienes eligieron el recuerdo positivo.

Ese fallo en la toma de decisiones no es excepcional. Lo cometemos continuamente, incluso cuando debemos tomar decisiones importantes en la vida. Y se debe al sesgo de distinción.

¿Qué es el sesgo de distinción?

Tradicionalmente, se ha pensado que las personas conocen sus preferencias y que eligen lo que es mejor para ellos según la información que tienen en ese momento. Pero no es así. A menudo existe una gran brecha entre nuestra predicción de felicidad y lo que realmente nos hace felices, lo cual nos conduce a tomar malas decisiones.

El sesgo de distinción se refiere al proceso de pensamiento que ponemos en práctica para tomar esas decisiones. Es la tendencia a sobrevalorar las pequeñas diferencias cuantitativas cuando debemos comparar diferentes opciones. En práctica, simplificamos los pros y los contras centrándonos demasiado en detalle que no son tan importantes, lo cual nos impide ver el cuadro general.

Modo comparación versus modo experiencia

La trampa que nos hace caer en el sesgo de distinción consiste en que nuestro cerebro funciona de manera diferente cuando debe comparar opciones que cuando las experimentamos. Cuando tenemos que elegir, nuestro cerebro entra automáticamente en “modo comparación”. Eso hace que sea más sensible a las pequeñas diferencias que existen entre las diferentes opciones. 

Sin embargo, cuando vivimos nuestras decisiones, el cerebro amplía su horizonte y funciona en “modo experiencia”. Comprende que no es necesario comparar la experiencia que puede proporcionar una elección sino tan solo experimentarla en su singularidad. En ese caso, tenemos en cuenta más factores y podemos centrarnos más en nuestra felicidad y el nivel de satisfacción.

De hecho, psicólogos de la Bowling Green State University comprobaron que “las personas diferencian más entre opciones cuando las consideran simultáneamente que cuando las ven por separado”. Cuando analizamos cada alternativa de forma individual somos capaces de verla de manera más holística.

Por ejemplo, cuando vamos a una tienda y vemos dos televisores uno al lado del otro, la diferencia de calidad puede parecer muy grande, aunque ambos modelos tengan características bastante similares. Como resultado, es probable que estemos más dispuestos a pagar un precio más elevado por un televisor de mayor calidad, aunque en realidad esa diferencia de calidad es casi imperceptible si viésemos cada televisor por separado. 

Las consecuencias del sesgo de distinción

No ser conscientes del sesgo de distinción puede llevarnos a tomar muy malas decisiones en la vida. Puede hacernos creer, por ejemplo, que seremos más felices si compramos una casa de 150 metros cuadrados que una de 100.

El problema es que cuando analizamos dos opciones simultáneamente buscamos un factor común que nos sirva como patrón de comparación. El sesgo de distinción aparece cuando tenemos en cuenta una sola variable y esta ni siquiera es tan importante para la experiencia posterior.

Imaginemos, por ejemplo, que debemos elegir entre un empleo monótono en el que cobraremos 40.000 euros al año o un puesto más desafiante en el que cobraremos 30.000. Con la vista puesta en nuestra felicidad, podemos centrarnos en analizar todas las cosas que podríamos comprar con esos 10.000 euros más y que nos harían más felices.

Sin embargo, obviamos el hecho de que pasar 8 horas cada día en un empleo monótono podría generar un aburrimiento y frustración tales que no se compense con la pequeña felicidad que puede aportar el dinero adicional.

El sesgo de distinción también nos tiende otra trampa: nos conduce a querer siempre más. Pero eso, lejos de resultar gratificante o hacernos felices puede generarnos más estrés.

Si creemos que seremos más felices en una casa más grande, con un televisor de mayor calidad o un móvil más moderno, tendremos que esforzarnos más para conseguirlo, lo cual podría conducirnos a sacrificar nuestra felicidad aquí y ahora, en pos de una opción que realmente no es más satisfactoria ni más gratificante.

Fuentes:

Fuente: Psicologia y Mente

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