La insuficiencia de la tecnología

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Es ya algo asumido por una gran parte de la población que las nuevas tecnologías están abriendo un abanico de posibilidades en todos los ámbitos de la vida humana sin parangón en la historia; sin embargo, no parece que vayamos al mismo ritmo en la reflexión sobre cómo hacer uso de ellas y cómo reorganizar nuestras sociedades para aprovechar todo su potencial. En otras palabras, necesitamos volver a plantear algunas preguntas esenciales de la ética: ¿qué es una vida buena?, ¿qué criterios uso para distinguir lo “bueno” de lo “malo”?…Echamos de menos un nuevo discurso ético – político que sitúe la reflexión sobre los fines del hombre por encima de la instrumentalidad de la técnica.

Primera copia de Isaac Newton de su Philosophiae Naturalis Principia Mathematica con sus correcciones escritas a mano para la segunda edición. La primera edición se publicó bajo la impronta de Samuel Pepys, que fue presidente de la Royal Society.

Si miramos hacia atrás, nuestro desarrollo tecnológico actual tiene su origen en los siglos XVI y XVII, cuando un grupo de científicos consolidó lo que se denominó la “ciencia moderna”: el método experimental, nueva conceptualización del conocimiento (elaboración de teorías y leyes para explicar los fenómenos naturales) y, principalmente, la búsqueda de aplicaciones prácticas que mejoraron la vida de las personas. Filósofos y científicos como Galileo, Newton o Descartes fueron los fundadores de la ciencia moderna que conocemos hoy. Sin embargo, estos autores y muchos otros, no solo se dedicaron a la ciencia, sino que, a la vez que se desarrollaba, construyeron un nuevo paradigma ético-político, un relato de sentido en el que la nueva ciencia tenía su lugar. Descartes, en su Discurso del Método, o Kant en su Crítica de la razón pura, reflexionaron sobre las posibilidades de la ciencia y los límites del conocimiento humano. Otros autores como Hobbes, Montesquieu o Locke contribuyeron a crear un debate sobre la constitución de los estados, las naciones y el pacto social. La reflexión ética también ocupó un lugar destacado en filósofos como los de la escuela escocesa (Hume, Adam Smith,…), estudiaron el papel de las pasiones como motor de la acción humana, dejando a la razón al servicio de éstas; quizás la propuesta más influyente fue la de Kant, quien propuso un nuevo modelo ético basado en un concepto de razón universal que unifica a la humanidad por encima de cualquier otra categorización: raza, sexo, lengua,…, y en la capacidad de las personas para darse a sí mismas normas morales frente a imposiciones teológicas o de la tradición. La nueva ciencia, junto con las nuevas propuestas éticas y políticas, permitió el desarrollo económico y social de los últimos dos siglos y, más importante, otorgó sentido a la vida humana.

Imagen: wikmedia

Ciencia y conciencia

Hoy, por el contrario, parece como si la ciencia y la tecnología tuviesen vida propia y justificasen su desarrollo por el mero hecho de “ser posible científicamente”, sin recurrir o referenciarse a una finalidad humana previamente acordada y decidida. Trabajamos el “cómo”, pero no el “para qué”. Añoramos ese conjunto de personas que se dedicaron a lo que la filosofía debería ser: pensar el presente. Ortega, en Meditación de la técnica (1939), ya advirtió el peligro de la “fe en la técnica”:

“[…] la técnica, al aparecer por un lado como capacidad, en principio ilimitada, hace que el hombre, puesto a vivir de fe en la técnica y sólo en ella, se le vacíe la vida… De puro lleno de posibilidades, la técnica es mera forma hueca; es incapaz de determinar el contenido de la vida”.

Y es que la ciencia, convertida en técnica, no es más que una herramienta, incapaz de proporcionar sentido a la vida humana. Por ejemplo, las redes sociales son el “medio de transporte” por el que puede circular propaganda racista o procedimientos para luchar contra infecciones. Somos nosotros, las personas, quienes elegimos en cada momento el contenido y la forma de utilizar esos canales. El uso de la razón implica una reflexión sobre los fines del ser humano: qué queremos (vivir más, con qué calidad de vida,…), qué ideas o acciones consideramos aceptables (que valores priorizamos: individualidad vs colectividad, libertad vs igualdad,…), cómo nos organizarnos socialmente (estados nación, bloques de países, ligas de ciudades,…) o cómo distribuir lo que producimos (impuestos, subvenciones, aranceles,…). Estos son los temas sobre los que reflexionan la ética y la política; la ciencia y las nuevas tecnologías sólo son instrumentos que nos ayudan a conseguir nuestros fines.

Portada de la Revista de Occidente de octubre de 1927. La Revista de Occidente es una revista española de pensamiento fundada por el filósofo José Ortega y Gasset en 1923.

El gobierno de la sociedad en red

Ya desde hace algunos años, nuestras capacidades técnicas están aumentando sin parangón en la historia, especialmente nuestra capacidad para procesar información y anticipar fenómenos naturales o comportamientos humanos. Al fin y al cabo, los algoritmos existen desde que aparecieron las matemáticas con Pitágoras o Euclides, la diferencia es que nuestras capacidades para procesar datos se han multiplicado exponencialmente. Sin embargo, hoy es difícil vislumbrar qué forma de gobierno necesitamos para aprovechar todo este potencial tecnológico en un mundo donde el espacio social se está configurando como una “sociedad en red”. Lo que sí parece claro es que los sistemas políticos actuales no son capaces de asimilar la velocidad de cambio que imprime la tecnología, los estados nación o los organismos internacionales no pueden afrontar problemas globales como la asignación de recursos, el cambio climático, las migraciones o los conflictos armados locales; los ciudadanos sienten que sus representantes políticos no ofrecen soluciones efectivas a sus problemas. Esta situación genera frustración y está propiciando la vuelta a soluciones del pasado como algunos nacionalismos y los populismos. Como en otras ocasiones históricas, disponemos de unas herramientas que exceden nuestra capacidad de comprensión y las consecuencias de su aplicación, además de poner de manifiesto la inoperancia del sistema de gobierno para darles un uso acorde a fines humanos acordados.

Interesantes son los estudios del profesor Luciano Floridi, al sostener que estamos en la transición de la History (historia) a la Hyperhistory (hiperhistoria); en esta última, los datos pasan a ser el recurso fundamental para el progreso y el bienestar social e individual. En la Hipehistory, los Estados pierden su capacidad de control de la información dentro de su territorio en favor de multitud de agentes, que pueden ser organismos transnacionales como la Unión Europea, empresas como Amazon, redes sociales y otras entidades no gubernamentales.

Por tanto, se produce una redistribución del poder desde el Estado Nación hacia otras entidades transnacionales en la configuración del espacio político y social, pues pierde el control de los flujos de información en su territorio jurisdiccional; se limita la capacidad de acción del Estado y sus representantes.

Como sucedió durante la emergencia la polis griega en el S V a.C. o la creación del Estado moderno en el S XVI, nos estamos viendo empujados a imaginar y actuar para crear un nuevo orden político; quizás sea el conflicto entre lo nuevo que pugna por nacer y lo viejo que resiste para mantener sus privilegios, lo que nos anime a repensar determinadas ideas consideradas como dogmas, como por ejemplo, la identidad nacional, el sistema de representación política o el concepto de “frontera”. Algunos autores como Alain Badiou han analizado la importancia de determinados momentos históricos donde se abrió una posibilidad de crear nuevas formas de organización social y política. Badiou, habla del acontecimiento como el “momento de la filosofía” o de la posibilidad de pensar lo inimaginable, de pensar desde fuera del sistema, de cuestionar los fundamentos y de crear un nuevo orden. Probablemente, estemos protagonizando ese acontecimiento que nos ofrecen las nuevas tecnologías. Es el momento de los fundadores, de los soñadores, de los creadores de utopías; necesitamos que emerja un pensamiento nuevo que construya un nuevo discurso político y ético que dé sentido y configure nuestras vidas en un entorno digital. ¿Dejamos que las cosas sucedan o nos hacemos cargo, decidimos qué queremos como humanos y nos ponemos a diseñar el mundo en las próximas décadas? La decisión es nuestra, no de los algoritmos.

José Martín Huelves

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