Por qué cuesta tanto ver las cosas más obvias

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Como la famosa carta de un cuento de Edgar Allan Poe. Nadie la encontraba porque estaba encima de la mesa y, en estos casos, es más fácil que uno acabe arrancando las paredes. O como el código que, en mitad de una scape room, retrasa la salida de los participantes porque no está escondido, como se espera, sino en mitad de la habitación.

El experimento Gorillas in Our Midst, de Daniel Simons y Christopher Chabris es un clásico en este sentido. Estos psicólogos presentaron un vídeo a varios de sus alumnos en la Universidad de Harvard. En la grabación, varias personas se pasaban un balón de baloncesto. Los profesores pidieron a sus alumnos que buscaran a varios voluntarios, a los que les pidieron que contabilizaran los pases de balón entre un grupo de camiseta negra y otro de camiseta blanca.

De pronto, irrumpió en la escena una alumna disfrazada de gorila que caminaba lentamente y se detenía. Aun así, el 70% de los espectadores no vio el gorila.

«¿Cómo puede la gente no ver un gorila que camina delante de ellos, gira para mirarlos, se golpea el pecho y se va? ¿Qué vuelve invisible al gorila? Este error de percepción proviene de una falta de atención hacia el objeto no esperado; en términos científicos se lo denomina ceguera por falta de atención. Las personas, cuando dedican su atención a un área o aspecto particular, tienden a no advertir objetos no esperados, aun cuando estos sean prominentes, potencialmente importantes y aparezcan justo allí adonde están mirando», escribieron Simons y Chabris en El gorila invisible y otras maneras en las que nuestra intuición nos engaña.

Cuando vieron el vídeo por segunda vez, sin estar pendientes de los pases de balón, los alumnos no podían creer que una persona disfrazada de gorila se hubiera paseado ante ellos durante nueve segundos. Incapaces de reconocer que no lo habían visto, algunos llegaron a acusar a los profesores de haber cambiado el vídeo.

A propósito del estudio, que fue publicado en 1999 en la revista Perception, Daniel Kahneman escribió en Pensar rápido, pensar despacio: «Podemos ser ciegos a lo obvio, y también somos ciegos a nuestra ceguera».

Pero en un ensayo para Aeon, Teppo Felin, de la Universidad de Oxford, se pregunta qué ocurriría si los sujetos no hubieran recibido indicaciones. Seguramente habrían visto el gorila, del mismo modo que no advirtieron otras obviedades por seguir las instrucciones de quien les pidió que se concentrasen en una mínima parte de la escena. En el vídeo aparecen otros elementos obvios que tampoco vieron los participantes porque no se les había pedido que centraran toda su atención en ellos.

«En resumen, la lista de obviedades en el vídeo del gorila es extremadamente larga. Y ese es el problema: podríamos llamarlo la falacia de la obviedad. Hay una falacia de la obviedad porque todo tipo de cosas son evidentes en el clip.

Pero perderse cualquiera de estas cosas no es la base para decir que los humanos están ciegos», argumenta Felin. Más que por «los humanos están ciegos», Felin aboga por otra interpretación del experimento: «Los humanos responden preguntas». Y, además, se olvidan de otras cosas mientras buscan respuestas a esas preguntas.

David Foster Wallace se dirigió a los que se graduaban en el Kenyon College (Estados Unidos) en 2005 así: «Había una vez dos peces jóvenes que iban nadando y se encontraron por casualidad con un pez más viejo que nadaba en dirección contraria. El pez más viejo los saludó con la cabeza y les dijo: “Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?”. Los dos peces jóvenes siguieron nadando un trecho; por fin uno de ellos miró al otro y les dijo: “Qué demonios es el agua?”».

Esta historia tiene su réplica en una fábula armenia en la que un pez no es capaz de responder a otro: «¿Qué noticias traes del mar?». Foster Wallace explicó en aquel discurso lo que había pasado entre los peces: «El sentido inmediato de la historia de los peces no es más que el hecho de que las realidades más obvias, ubicuas e importantes son a menudo las que más cuesta ver y las más difíciles de explicar».

Uno de los personajes de la novela Océano Mar busca un gorro de lana y no lo encuentra. «Es comprensible: lo lleva puesto», escribe Alessandro Baricco. ¿A quién no le ha pasado con las llaves? Y también en una novela del mismo autor, La Esposa joven, a alguien se le escapa el atardecer sencillamente por tenerlo ahí: «Pero les ocurrió a la Hija y la Esposa joven, que tenían delante de sus ojos una puesta de sol de cierta elegancia y no la vieron, porque estaban allí».

Al inicio de Fariña, Nacho Carretero cuenta que un hombre cruzaba a diario la frontera de Portugal en bicicleta y volvía a Galicia. Nunca le encontraron nada sospechoso entre sus bolsas. Así que cada día iba y volvía como si nada, con la esperanza de que, por obvio, no descubrieran su no-secreto: que era traficante de bicis.

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