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Redes sociales y desinformación: los tiempos han cambiado

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Twitter anuncia una operación de limpieza de cuentas organizadas para la manipulación política que abarca seis países (China, Ecuador, Egipto, Emiratos Árabes y España) Facebook hace lo mismo en otros dos (Irak y Ucrania), y así, lentamente, vemos cómo los tiempos cambian en el panorama de las redes sociales, para desesperación de aquellos que pensaban que habían encontrado la clave para influenciar la democracia a su antojo. Las dos operaciones anunciadas esta semana siguen a muchas otras, y vendrán bastantes más: en la carrera por la desinformación, las redes sociales van consiguiendo encontrar, por un lado, algoritmos más fiables para detectar comportamientos coordinados no genuinos y, por otro, van entendiendo que la idea de crecer en número de cuentas cuando estas son fundamentalmente falsas, creadas por estados o por partidos políticos con ánimos de intoxicar y manipular, es completamente absurda e insostenible.

Las cuentas eliminadas corresponden, en general, a instituciones mucho menos hábiles en su manejo que otras campañas anteriormente desactivadas correspondientes a operaciones organizadas desde países como Rusia o Irán para influenciar el panorama político de otros países. En general, en comparación con la sofisticación alcanzada por esos países en sus esfuerzos por camuflar sus cuentas como domésticas y por simular comportamientos genuinos, las cuentas desactivadas en otros países como China resultan infinitamente más burdas y fáciles de descubrir. De hecho, la relación no es casual: a medida que las redes sociales disponen de mayor cantidad de casuística para adiestrar sus algoritmos, estos son capaces de aislar mejor este tipo de esquemas, y de proporcionar mejores resultados en la lucha contra la manipulación.

Este tipo de esquemas de manipulación se habían convertido, en los últimos tiempos, en una práctica habitual en muchos partidos políticos, estados e instituciones. Ser optimista en este sentido es complicado, pero sí parece claro que en el entorno de las redes sociales, estamos alcanzando una segunda fase: si en la anterior, estas compañías no se preocupaban demasiado por los procesos de manipulación e incluso los consideraban como una prueba de su éxito, estamos ahora alcanzando un momento en el que no solo tratan de luchar activamente contra ellos y evidenciarlos, sino que no consideran adecuado aprovecharse de ellos para tratar de mostrar un mayor crecimiento. Obviamente, es cuestión de tiempo el que aquellos que tratan de manipular encuentren formas de hacerlo que no levanten las alarmas de los gestores de las redes, en lo que se establece como una auténtica carrera armamentística cada vez más sofisticada.

¿Qué significa este cambio? Que si tu estrategia de comunicación política se basa en cuentas falsas y en manipulación tratando de simular un apoyo masivo a unas tesis determinadas, es mejor que vayas pensando en ser tú mismo el que cierre discretamente esas cuentas y abandone esas tentativas, porque en caso de no hacerlo así, serás descubierto y ridiculizado más pronto que tarde, y por mucho que intentes negarlo, todo el mundo sabrá lo que ocurrió en realidad. A medida que las redes sociales sofistican sus métodos de detección del comportamiento no genuino, este tipo de esquemas pasan de estar al alcance de todo el mundo a convertirse en únicamente ejecutables por actores especialmente sofisticados y con gran experiencia, y solo hasta que, de nuevo, esos métodos sean evidenciados.

Es cuestión de tiempo, de hecho, que la justicia evolucione, se adapte al nuevo contexto, y sea capaz de considerar este tipo de procesos como delitos tipificados y con penas de cárcel, como empieza a ocurrir en algunos países. Es posible que los procesos de manipulación en redes sociales nunca desaparezcan, pero sí que respondan cada vez a procesos más especializados y al alcance de menos actores. Y como tal, es una buena noticia.

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