Google, Facebook y Amazon son de todos y deben ayudarnos a todos

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Los gigantes de internet se crearon con tecnologías que fueron financiadas públicamente y viven de los datos que les damos. Pero ni reparten sus beneficios con la sociedad ni su valor se mide adecuadamente. Es necesario un nuevo tipo de relación entre nosotros y ellos

El motor de combustión interna ha sido el modelo predominante durante más de un siglo. Pero no se debe a que sea el mejor sino a que logró una ventaja inicial a causa de un accidente histórico. El diseño del teclado QWERTY fue diseñado para ser deliberadamente ineficiente, ya que con él, las teclas de las antiguas máquina de escribir se atascaban menos. A día de hoy, esa característica ya no es relevante, pero no importa; seguimos usando teclados QWERTY porque nos hemos acostumbrado a ellos.

Este mismo principio es el que hace que Google, Facebook y Amazon sean empresas masivas. Usamos sus servicios porque estamos acostumbrados a ellos. Google no es solo un motor de búsqueda, es una dirección de correo electrónico (Gmail), un espacio para conferencias (Hangouts), un creador de documentos y editor de texto (Docs). Todos sus productos están diseñados para maximizar las ventajas que el usuario tiene al seguir con Google. De hecho, si no tiene una cuenta de Gmail, no puede utilizar Google Hangouts o cualquier otro de sus productos.

¿Dónde está el problema? En que estos gigantes obtienen enormes beneficios a partir de tecnologías que se crearon con el dinero de los contribuyentes. El algoritmo de Google se desarrolló con fondos de la Fundación Nacional para la Ciencia de Estados Unidos y el internet provino de los fondos de la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa (DARPA, por sus siglas en inglés) de EE. UU. Y lo mismo pasó con de las pantallas táctiles, el GPS y Siri.

Gracias a ellos, estos tres gigantes tecnológicos han creado monopolios de facto, al tiempo que eluden las regulaciones antimonopolio típicas de cualquier otra industria. Además, su modelo de negocio se basa en aprovechar los hábitos y la información privada de los contribuyentes que financiaron las tecnologías en primer lugar.

A sus defensores les gusta considerar a los gigantes de internet como fuerzas eternas. Elogian la economía colaborativa con plataformas digitales que empoderan a las personas a través del acceso gratuito a todo, desde las redes sociales hasta la navegación por GPS y el control de la salud.

Pero Google no ofrece nada gratis sino todo lo contrario. Los usuarios le damos a Google exactamente lo que necesita. Cuando usted usa los servicios de Google, puede pensar que obtiene algo a cambio de nada, pero usted ni siquiera es el cliente, es el producto. Los beneficios de Google proceden de la publicidad y de los datos que vende a otras empresas. Los modelos de negocio de Facebook y Google se basan en la mercantilización de los datos personales, transformando nuestras amistades, intereses, creencias y preferencias en ofertas comerciales de venta.

La llamada economía colaborativa se basa en la misma idea. En lugar de interactuar con algún tipo de institución (como una agencia de viajes), los clientes interactúan entre sí. El papel de una empresa ya no consiste en proporcionar el servicio, sino en conectar vendedores (como alguien que posee un automóvil y está dispuesto a conducirlo) con compradores (alguien que necesita un medio de transporte). Estas plataformas se presentan como una transformación radical de la forma de producción, consumo y entrega de bienes y servicios. Pero también son una forma fácil para que las empresas eviten sus responsabilidades.

Cuando los usuarios con discapacidad se quejan ante Uber de que sus conductores se niegan a poner sillas de ruedas en el maletero, Uber recalca: a ver, que no somos una compañía de taxis, solo somos una plataforma. Airbnb es igual de reacio a asumir la responsabilidad de la seguridad de las instalaciones ofertadas en su página, o de que los propietarios discriminen a los inquilinos por cuestión de raza. Después de todo, Airbnb no construyó los departamentos ni son de su propiedad, es solo una plataforma.

Y debido a los efectos de red, la nueva economía colaborativa basada en contratos temporales no reparte la riqueza sino que la concentra en manos de unas pocas empresas. Al igual que el motor de combustión interna o el teclado QWERTY, una empresa que se erige como líder en un mercado, logra un dominio que se autoperpetúa casi de forma automática.

Google representa el 70 % de las búsquedas en internet en EE. UU. y el 90 % en Europa. Facebook tiene más de 2.000 millones de usuarios, un cuarto de la población del planeta. A día de hoy, Amazon representa alrededor de la mitad del mercado estadounidense de libros, sin mencionar los libros electrónicos. Seis empresas (Facebook, Google, Yahoo, AOL, Twitter y Amazon) representan alrededor del 53 % del mercado de publicidad digital (solo Google y Facebook acaparan el 39 %).

Tal dominio significa que los gigantes de internet pueden imponer sus condiciones a los usuarios y las empresas clientes. Por ejemplo, es probable que los editores de libros no estén de acuerdo con las condiciones de Amazon, pero no tienen otra opción, no hay más opciones a las que recurrir. Por la misma razón, puede que no le haga gracia que Facebook recopile, almacene, analice y venda sus datos personales a terceros, pero mientras todos sus amigos estén en Facebook, no habrá un competidor equivalente.

Históricamente, las industrias que por naturaleza son propensas a los monopolios, como los ferrocarriles y el agua, han estado fuertemente reguladas para proteger al público contra los abusos del poder corporativo, tales como el aumento de precios. Pero las plataformas monopolísticas online siguen sin estar reguladas, lo que significa que las primeras empresas que controlan el mercado pueden obtener recompensas extraordinarias.

Las bajas tasas impositivas que las compañías tecnológicas suelen pagar por estas grandes recompensas también son perversas, dado que su éxito se basa en tecnologías financiadas y desarrolladas por inversiones públicas de alto riesgo. En todo caso, estas empresas, que deben su fortuna a la inversión financiada por los contribuyentes, deberían estar pagando al contribuyente en lugar de pedir exenciones de impuestos.

Deberíamos preguntarnos cómo se ha creado el valor de estas empresas, cómo se ha medido ese valor y quién se beneficia de él. Si nos atenemos a las cuentas nacionales, la contribución de las plataformas digitales al ingreso nacional (medida, por ejemplo, por el PIB) se limita a los servicios de publicidad. Pero, ¿acaso tiene sentido? No está claro que los anuncios realmente contribuyan al PIB, y mucho menos al bienestar social, que debería ser el objetivo de la actividad económica. Medir el valor de una empresa como Google o Facebook por la cantidad de anuncios que vende es consistente con la economía neoclásica estándar, que interpreta cualquier transacción basada en el mercado como señal de la producción de algún tipo de producto. En otras palabras, no importa qué sea, si tiene un precio significa que debe ser valioso. Pero en el caso de estas compañías de internet, eso es engañoso. Si los gigantes digitales contribuyen al bienestar social, lo hacen a través de los servicios que brindan a los usuarios, no a través de los anuncios que los acompañan.

De esta manera, nuestra forma de calcular qué valor tienen los productos de los gigantes de internet es confusa y genera un resultado paradójico: sus actividades publicitarias se cuentan como una contribución neta al ingreso nacional, mientras que los servicios más valiosos que brindan a los usuarios no se tienen en cuenta.

No olvidemos que una gran parte de la tecnología y los datos necesarios para alimentarla fueron creados por todos nosotros y, por lo tanto, deberían pertenecernos a todos nosotros. La infraestructura de la que dependen los gigantes digitales fue creada colectivamente (a través de los impuestos que financiaron la construcción de internet) y también se alimenta de los efectos de red que se producen colectivamente. De hecho, no hay ninguna razón por la cual los datos del público no deban pertenecer a un repositorio público que vende los datos a los gigantes tecnológicos, y no viceversa. Pero la cuestión clave no se limita a redirigir una parte de los beneficios de los datos a los ciudadanos sino también permitirles moldear la economía digital para que satisfaga las necesidades públicas. El uso de los macrodatos y la inteligencia artificial (IA) para mejorar los servicios que proporciona el estado de bienestar, desde la atención sanitaria hasta la vivienda social, es solo un ejemplo.

Si pensamos en las plataformas digitales como creaciones colectivas podemos construir un nuevo modelo capaz de ofrecer un valor de verdad con fines públicos. El simple debate sobre la necesidad de regular las compañías de tecnología da una sensación de guerra entre los gigantes de internet y los gobiernos. Necesitamos ir más allá. La economía digital debe estar sujeta a las necesidades de todas las partes; es una asociación de iguales donde los reguladores deberían tener la confianza para ser modeladores del mercado y creadores de valor.

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